Cara de dedo

Hacía calor, tomábamos una gaseosa fresca en el bufete de la facultad y hablábamos pavadas, seguramente esperando el horario de entrar en alguna clase. Creo que fue en el año 96’ o 97’, por ese entonces en el cuarto piso de Ciencias Económicas funcionaban los dos primeros años de algunas carreras de Diseño de la Universidad Nacional de Cuyo. Las chicas de Diseño, era mucho más sexy que las de Económicas, al menos en promedio, y si es que existe alguna posibilidad de hacer estadísticas estéticas de este tipo. El tema es que las conocíamos a casi todas, por lo menos de vista, porque eran más lindas y porque eran muchas menos. Era fácil distinguir a los grupitos, saber a qué carrera pertenecía cada uno. De eso estábamos hablando aquella tarde en el bufete.

No se si Andrés se acordará, estábamos despanzurrados en alguna silla incómoda y comentábamos los atributos de cada una de las chicas de la otra carrera, las tetas de una, el culo de otra, los ojos de la rubia, la cara de la que había sido reina nacional de la vendimia, etc.
—La que no me gusta es la que tiene cara de dedo gordo —me dijo Andrés en un momento.
Me hizo llorar de risa, no podía parar, me dolía el estómago. Andrés imperturbable insistía:
—En serio, tiene cara de dedo gordo, de dedo gordo de la mano.
Cuando logré controlarme, después de cinco minutos de carcajada continua, le pregunté cómo era la cara de dedo gordo. Mi amigo se limitó a levantar su pulgar y mostrarme la yema.
—Así —lo dijo como si fuese lo más natural del mundo y yo estallé de nuevo.

No se si sonó el timbre o simplemente nos aburrimos del tema, pero dejé de insistir, aunque la duda que me clavó Andrés me persiguió varios días. Durante algún tiempo busqué y busqué mujeres con cara de dedo gordo, una par de veces creí haber descubierto el rostro que había motivado la ocurrencia, pero siempre Andrés negaba
—No, no es ella, no la busques, cuando la veas vas a saber que inconfundiblemente es la chica con cara de dedo gordo, no te voy a decir cual es, en el momento que la veas, te vas a dar cuenta.

Efectivamente, un día estaba solo a la mañana en el bufete, había salido un rato de la biblioteca, en donde estaba estudiando, para tomar un café y fumar un pucho. Entró un grupo de chicas de diseño. En el medio venía una petisita de pelo ralo, corto y teñido de amarillo, lo primero que noté es que el color de su piel era casi anaranjado, en esa época las camas solares no eran algo tan normal, por lo menos en Mendoza, el color no era algo común. Pero cuando observé el conjunto me acordé de Andrés, la cara de dedo gordo de la chica era inconfundible. Quizás aquel que esté leyendo esto imagine lo que yo mismo había imaginado hasta ese momento: un dedo con una carita pintada con birome o una cara redonda con huellas digitales en la frente. No, nada de eso, tenía todo en su lugar, nariz, boca, ojos, etc., era hasta linda, pero la cara de dedo gordo era impresionante.

Pasó el tiempo, vi a la chica con cara de dedo gordo un par de veces más y les hice notar a mis otros amigos la peculiaridad, les preguntaba de qué le veían cara a esa chica y nadie decía “de dedo gordo”, pero cuando yo les hacía notar el parecido todos coincidían en lo notable de la analogía, que por supuesto me atribuía yo mismo sin mencionar a su autor intelectual: Andrés. Pasaron los años y la Facultad de Diseño terminó de construir su edificio, las chicas lindas no volvieron, un tiempo después nosotros nos recibimos y tampoco volvimos a la facultad. Pero nunca me olvidé de aquella cara.

Lo que cuento ocurrió once o doce años atrás, en Mendoza. Hoy, en una pizzería de Palermo volví a verla, tiene arruguitas incipientes y el anaranjado de su piel devino en un rosado grisáceo, tiene el pelo más largo y ya no se lo tiñe de amarillo. Vigilaba a dos niños muy revoltosos para que no rompieran nada, el más chiquito tenía una cara de dedo gordo impresionante.

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