Para mi amigo Diego que me pidió que le recomiende un libro ágil y entretenido de Bioy.
Bioy Casares narra en una entrevista, que escribió esta novela cuando sintió que comenzaba a envejecer, según cuenta el propio Bioy también en el prólogo del libro, la idea se le ocurrió en el año 1966, la terminó en 1968. Cuando quizo publicar esta obra en algunos países europeos se encontró con que muchos de sus lectores fieles de más de 50 años la rechazaban. Soy un gran admirador de Bioy Casares, me encantan sus historias y su prosa, por ello soy de recomendar mucho sus libros. Cuando, durante una charla casual sobre literatura le recomendé a mi padre El Diario de Guerra del Cerdo me contestó: “Lo empecé a leer y no la pude terminar, ese libro es deprimente“, en ese momento mi padre debe haber rozado los 60 años de edad. Ese rechazo de mi progenitor y de algunos lectores mayores no es casual y no hace más que confirrmar la maestría narrativa de Bioy, que le permite describir perfectamente, con un lenguaje tan elegante como accesible, emociones y percepciones del hombre, al punto de lograr que el lector se identifique y se vea reflejado en sus personajes; al menos en esta novela logra eso.
La novela trata sobre el paso del tiempo, sobre el arribo de la vejez, sobre el efecto de los años en la mente y el cuerpo del ser humano; de ahí que quienes se sienten envejecer se vean reflejados, aunque más no sea inconscientemente, en las páginas de este libro; lo curioso es que muchos rechazan esa idea, ese reflejo, esa identificación precisamente por uno de los síntomas que, implícitamente, describe Bioy: la resistencia a ese cambio. Lee el resto de esta entrada »
Se lee poco, cada vez menos. La proliferación de medios, la multiplicación de la oferta de actividades alternativas a la hora de pensar en qué hacer con el tiempo libre, la disminución del mismo, internet, la Play Station y otros avatares de la vida moderna son sin dudas factores que contribuyen a reafirmar el fenómeno, que sin embargo, intuyo, tiene causas más profundas, por lo menos en la Argentina.
Sobre la calidad de lo que se lee no voy a opinar, los gustos tienen fundamentos subjetivos, por lo que, desde el punto de vista estético, no se puede juzgar a priori las preferencias literarias de la mayoría (aunque tampoco es un dato relevante). Si gustan tanto Harry Potter, El Código Da Vinci y los cuentitos de Paulo Cohelo por algo será, yo prefiero otras cosas. Lo que si me gustaría saber es que leen ustedes, los que pasan por aquí. Les pido, si tienen un tiempito, que respondan en los comentarios, aunque sea la primera y última vez que visitan este blog. ¿Que están leyendo?
PD: Sobre el género preferido, en el costado hay una encuesta que pueden responder.
En un brevísimo resumen biográfico de Samuel Beckett podría decirse que nació en Dublin, Irlanda, el 13 de Abril de 1906. En 1927, tras culminar sus estudios, se fue a París a trabajar como profesor y allí trabó amistad con el gran James Joyce. Tras algunos ensayos críticos y distintas actividades por distintos países de Europa, se instala en Francia en 1945 y empieza a construir una de las obras más admirables de la literatura del siglo XX, en ella se destacan las obras de teatro Esperando a Godot (1952) y Fin de Partida (1957) las novelas Molloy (1951), Malone Muere (1951) y El Innombrable (1953), poesías, cuentos, ensayos y muchas otras obras teatrales y novelas geniales. En 1969 gana el Premio Nobel de Literatura, 20 años después, el 22 de diciembre de 1989, uno de los autores más extraordinarios de la literatura universal muere en París.
En la vasta obra literaria de Beckett la narrativa breve no está ausente, y no tiene nada que envidiarle a los mejores cuentistas de la historia de la literatura. Editorial Tusquets ha reunido, hace no mucho tiempo, todos estos relatos cortos, ordenados cronológicamente, en un libro. Los cuentos de Beckett son ideales para introducirse en su obra, recomiendo, a quien no lo haya hecho, emprender su lectura, que garantiza placer y fascinación.
Empecé esta novela, que cayó de casualidad en mis manos esta semana, con cierto grado de apatía e indiferencia, no soy muy adepto a la literatura norteamericana de finales del siglo XX y principios de XXI. Debo reconocer que Cormac McCarthy me sorprendió, logró desbaratar mi prejuicio basado en una generalización estúpida y miope
La Carreteraes la novela ganadora del Pulitzer 2007 a la mejor ficción. Mucho se ha dicho ya de este libro, por lo que es difícil dejar constancia de la impresión que me causó sin caer en lugares comunes. Noto una tendencia casi unánime de los lectores (la crítica que más me gusta) a clasificar la novela de “post-apocalíptica“, yo creo que más bien es apocalíptica, el mundo está en pleno proceso de cese de cualquier actividad vital sobre su faz. La extinción de la raza humana es inminente, está llegando a su destino final la especie, un destino ya vaticinado por algunos profetas. En medio de ese apocalipsis que opera sobre el mundo, un hombre y su hijo caminan por una carretera hacia el sur (¿de U.S.A.?), huyendo del frío, pero sin saber bien a que lugar específico dirigirse, sólo saben que deben ir al sur. La novela empieza y termina en la carretera, no se llega a conocer del todo el pasado de los personajes, pero tampoco importa demasiado. Padre e hijo fatigan carretera empujando un changuito de supermercados cargado con despojos de lo que fue el mundo, que sirven como instrumentos para la supervivencia. El escenario es desgarrador, pueblos abandonados, paisajes desolados sembrados de cadáveres y cenizas, y el peligro constante de encontrar a otros supervivientes que son, paradójicamente, la peor de las amenazas. Los recuerdos del padre sobre un pasado que por contraste parece el paraíso, los miedos del niño, los diálogos, las adversidades, la enfermedad, el frío y la muerte acechando, son todos matices que se combinan en el relato. Nietzche alguna vez se preguntó “¿Es posible que el hombre sea tan sólo un yerro de Dios? ¿O Dios tan sólo un yerro del hombre?“, el padre parece encontrar la respuesta afirmativa a la segunda opción y ello produce un vacío inconmensurable, sobre todo por el destino de su hijo.
La novela parece estar escrita para ser adaptada al cine, es fácil de leer, está construidas por frases cortas y muy concisas que a su vez erigen pequeños párrafos, escenas muy expresivas y fragmentarias de la desolación y el sufrimiento de esos dos seres indefensos.
Muchos ven en La Carretera una alegoría a los peligros actuales de la humanidad, una metáfora de la autodestrucción que lleva a cabo la raza humana o una revelación profética y actualizada de los pormenores de un apocalípsis probable. Muchos otros ven un mensaje ambientalista, de advertencia sobre los peligros de los ensayos nucleares y el envilecimiento del medio ambiente. Se pueden hacer múltiples lecturas, a mi me pareció una historia del amor de un padre por su hijo, una historia de amor, que renuncia al patetismo y se construye sobre el peor de los escenarios posibles: la muerte, la desesperanza, la nada, el no futuro. Claro que apela a las emociones, pero no desde el golpe bajo.
Me sorprendió también que la historia supere las barreras idomáticas conservando toda la fuerza poética y emocional, algo que habla bien de la narración y del talento del autor, claro que también del traductor. La descripción de los paisajes devastados y ruinosos es excelente y minuciosa sin quitarle agilidad al relato. La novela atrapa, se lee de un tirón y puede que, como a mi, emocione al lector en ciertos pasajes. A pesar de la densidad del lenguaje es accesible para cualquier tipo de público, sin perder calidad por ello. No es un libro de esos que obligan a pensar y a reflexionar, repito, busca aguijonear en las emociones y por momentos lo logra. La recomiendo.
En Argentina la edición es de Mondadori, está pésimamente encuadernada (al menos el ejemplar que recaló en la biblioteca de casa) y sale $32. ISBN 978987939772.
Si usted conociera los entretelones de la literatura, se daría cuenta de que el escritor es un señor que tiene el oficio de escribir, como otro de fabricar casas. Nada más. Lo que lo diferencia del fabricante de casas, es que los libros no son tan útiles como las casas, y después… después que el fabricante de casas no es tan vanidoso como el escritor.
En nuestros tiempos, el escritor se cree el centro del mundo. Macanea a gusto. Engaña a la opinión pública, consciente o inconscientemente. No revisa sus opiniones. Cree que lo que escribió es verdad por el hecho de haberlo escrito él. El es el centro del mundo. La gente que hasta experimenta dificultades para escribirle a la familia, cree que la mentalidad del escritor es superior a la de sus semejantes y está equivocada respecto a los libros y respecto a los autores. Todos nosotros, los que escribimos y firmamos, lo hacemos para ganarnos el puchero. Nada más. Y para ganarnos el puchero no vacilamos a veces en afirmar que lo blanco es negro y viceversa. Y, además, hasta a veces nos permitimos el cinismo de reírnos y de creernos genios…
…75 años después todo sigue igual y los periodistas han adoptado la misma conducta.
Hace unos días mencionaba las carencias que aún tiene mi biblioteca personal. Daba cuenta de un par de libros de Osvaldo Lamborghini (”Poemas 1969-1985″ y “Novelas y Cuentos II”). Para algo sirvió aquel post: alguien se apiadó y me facilitó la compra vía internet de ambos volúmenes imprescindibles como regalo navideño.
La historia de cómo llegué a Lamborghini por medio de un amigo de mi padre y unas viejas fotocopias (que en su momento deben haber pecado de clandestinidad), así como la curiosa historia de las publicaciones originales del escritor son dignas de mención, pero no aquí. La primera en algún momento la contaré, la segunda pueden leerla en cualquier lugar con solo googlear “Osvaldo Lamborghini”. Este post es sólo un llamado a la solidaridad.
En el 2003 (o a partir del 2003, no se bien) Sudamericana publicó los dos libros mencionados, Tadeys (cuyo título verdadero es Vomir) y obviamente “Novelas y Cuentos I“, primer tomo de la narrativa. Curiosamente en los catálogos de las librerías y en el de la misma editorial están todos los libros menos este último. Yo lo tuve entre mis manos hace dos años y decidí (estúpidamente) postergar la compra. Ahora no lo consigo.
Es raro, algunas librerías lo anuncian y cuando hago el pedido me niegan su existencia (se disculpan y ofrecen otras cosas), parece haber stock en Amazon pero a precios bastante altos.
Si algún inernauta avispado lo encuentra en algún sitio, que me avise; si algún residente de Capital Federal (o de ciudades con más librerías que Mendoza) lo ve, no dude en comprarlo y enviármelo (pago el doble de lo que gasten, el envío y mando vino o lo que quieran) o en reservarlo en la librería y avisarme; por último si alguien tiene el libro y no lo usa póngale precio. Recompenso a quien lo encuentre, la portada luce como en la foto de arriba (click en la imagen para ampliar).
Desde ya muchas gracias.
PD: Provisoriamente acepto versiones digitales de “Las hijas de Hegel”, “Sebregondi retrocede”, “Sebregondi se excede”, “Neibis”, etc.
Releyendo El Aleph (1949), siempre algo me sorprende, cito textual:
En el primer volumen de Parerga und paralipomena releí que todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio.
Entre nubosidad variable y horarios fraguados estilo K, el 2007 emite sus últimos estertores. El último día del calendario convencional (a falta de otros) parece marcar finales ilusorios de arbitrarias etapas y reclama balances absurdos e inútiles. El calendario sigue rigiendo, entre muchas otras estupideces, la periodicidad de este blog. Voy a prescindir del balance, de la exhibición narcisista de estadísticas, de las comparaciones, del inútil inventario de hitos, me limitaré a hacer recomendaciones de elementos que descubrí este 2007 que, con el último aliento, procura entrar en el catálogo del olvido.
Haciendo un pequeño balance anual, mi biblioteca, repartida entre casa paterna y departamento de Mar, acusa este año unos 60 nuevos ejemplares, todos comprados con esfuerzo, seleccionados en escaparates de librerías de viejo, o, sin otra alternativa, en sitios de internet o estanterías y mesas de Yenny. Hacer cálculos monetarios de nada serviría, no puedo quejarme, creo haber elegido bien (salvo por un par de libros cuyas ediciones ochentosas se escondían en la biblioteca de mi padre y compré por no haber buscado bien), si se concreta mi exilio el año entrante, ya en un lugar en que no cuesta tanto conseguir libros, veré que se compra. Pero lo importante es que no me quedé con demasiados pendientes, solamente dos libros, que no compré por no conseguirlos en Mendoza:
De Lamborghinitengo sólo Tadeys (cuya edición de Sudamericana, no respeta siquiera el orden original, y creo haber leído por ahí que tampoco ese es el título que le dio el autor), y he leído mucho pero suelto, fragmentado y prestado, es a mi criterio uno de los autores emblemáticos del S. XX, genial (quizás el último genial argentino), por eso me gustaría tener sus obras, para leer y releer. Es inverosímil el hecho de no poder conseguir estos libros en Mendoza (quinta ciudad del país), son ediciones 2004 y 2005. Mi cuota de sobreprecios por contra-reembolso se agotó, si alguien quiere quedar bien conmigo para estas fiestas (aunque no veo porqué alguien querría tal cosa), aquí les dejo los datos para comprar:
Para el aficionado ávido de la literatura es bien conocida la falta de fronteras y la sensación, casi previsible, de no poder abarcar el inagotable mundo de los libros, ni aunque se le dedicase toda una vida a la lectura, una sensación de infinito. Y hay en esta sensación un común denominador: las eternas y numerosas bifurcaciones que nos ofrece la literatura, autores proponen, nombran, citan a otros libros, cada autor nos invita a descubrir nuevos autores, la literatura, además de saciar ciertos anhelos, nos sumerge aún más en ese mundo paralelo, en esos destinos que evocan los nuestros de una u otra manera.
Y en este encadenamiento es generalmente inevitable llegar a Edgar Allan Poe (1809 - 1849), todos alguna vez lo nombran. Mi literatura preferida es la literatura argentina del S. XX y he encontrado en todos los grandes exponentes de todas las corrientes una invariable referencia a Poe, la han hecho explícita de una u otra manera Cortázar, Bioy Casares, Abelardo Castillo, Arlt, Osvaldo Soriano, Ernesto Sábato y por supuesto el gran Jorge Luis Borges, sólo por nombrar a algunos. Lo mismo se repite en otros países, en mayor o menor medida Poe ha influido en Arthur Conan Doyle, en Lovecraft, Maugham, Chandler, Bradbury e inclusive en Kafka.
Es que Poe no es sólo, como suele destacarse, precursor de las narraciones policiales y de terror, es además un pionero del relato corto (el cuento), de la literatura fantástica, de la ciencia ficción y, probablemente junto a Dickens, del cambio de escenario literario de las mansiones burguesas y las poblaciones rurales, a la ciudad cosmopolita como marco de la narración. Ese carácter fundacional es lo que dificulta la búsqueda, en la literatura moderna, de autores cuyas obras estén totalmente exentas de la influencia directa o indirecta de Poe.
La literatura y la poesía japonesas me fascinan por su sobriedad, por su simpleza, por la renuncia al barroco y a lo patético, economías que no le quitan fuerza ni color a las piezas u obras. Este cuento lo leí en una vieja Antología de la Literatura Fantástica recopilada por Borges, Ocampo y Bioy Casares. Su autor es Ryunosuke Agutagawa, escritor japonés nacido en 1892 y muerto por decisión propia en 1927; antes de suicidarse explicó fríamente las razones que lo llevaban a tal determinación y compuso una lista de suicidas históricos, en la que incluyó a Cristo.
SENNIN
Un hombre que quería emplearse como sirviente llegó una vez a la ciudad de Osaka. No sé su verdadero nombre, lo conocían por el nombre de sirviente, Gonsuké, pues él era, después de todo, un sirviente para cualquier trabajo.
Este hombre -que nosotros llamaremos Gonsuké- fue a una agencia de colocaciones para cualquier trabajo, y dijo al empleado que estaba fumando su larga pipa de bambú:
-Por favor, señor Empleado, yo desearía ser un sennin.(*) ¿Tendría usted la gentileza de buscar una familia que me enseñara el secreto de serlo, mientras trabajo como sirviente?
El empleado, atónito, quedó sin habla durante un rato, por el ambicioso pedido de su cliente.
-¿No me oyó usted, señor Empleado? -dijo Gonsuké-. Yo deseo ser un sennin. ¿Quisiera usted buscar una familia que me tome de sirviente y me revele el secreto?
-Lamentamos desilusionarlo -musitó el empleado, volviendo a fumar su olvidada pipa-, pero ni una sola vez en nuestra larga carrera comercial hemos tenido que buscar un empleo para aspirantes al grado de sennin. Si usted fuera a otra agencia, quizá…
Bueno, pasaron las elecciones y supongo que no hay más nada que decir al respecto, por lo que este blog vuelve a su absurdo habitual.
Como para exorcizar el inevitable clima electoral y su previsible desenlace, hace un tiempo empecé por quinta vez a leer Rayuela. Cualquier comentario al respecto puede ser utilizado en mi contra, porque como bien dice su Tablero de Dirección el libro es “a su manera muchos libros” y cualquier intento de análisis literario, no sólo se disuelve, si no que nunca dará a un potencial lector una idea clara del libro que él logre intuir y asimilar (porque el libro lo hace también el lector); no obstante puede decirse que el libro es infinito: en principio propone dos formas de lectura (esto lo sabe todo el mundo), pero se pueden ensayar otras, eligiendo los capítulos más notables, o siguiendo únicamente a Morelli y sus citas, o sólo una seguidilla de capítulos, en fin las posibilidades son enormes. Personalmente es un libro de consulta obligada, un capítulo puede ser el libro o todos, o la selección que haga quien lee, logra lo que Cortázar propone, un juego, la complicidad del lector.
No obstante cualquier buen samaritano debería advertir que empezarlo es, para muchos, complicado, porque no es narrativa lineal, ni descriptiva, a la que nos tiene acostumbrados la literatura convencional, es, como la definió el mismo Cortázar una “Contra-Novela“. Una vez que esto se acepta (algunos llegaron a empezar y dejar el libro varias veces antes de aceptarlo como tal) el juego y el gozo comienzan.
En lo personal sé que después de Rayuela, es necesario un tiempo sin literatura, sin leer, sin escribir, se desarticula todo mi interés literario, por suerte también se que de eso se vuelve. Investigando un poco sobre Oliveira, La Maga y Heráclito, llegué a muchas páginas de críticos, que intentan, mediante el uso de lenguaje grandilocuente analizar Rayuela desde lo académico, obviamente con resultados ridículos. La mejor crítica es la del lector despojado de dogmas, las experiencias puras y desinteresadas, las que se encuentran en algunos foros y blogs de aficionados a la literatura, allí se deben buscar referencias o nuevas formas de ver este libro, allí se manifiesta lo que Cortázar propone, el desconcierto, el alivio por el fracaso de entender en forma absoluta de Oliveira, de Morelli, del autor y del mismo lector cómplice; en esos reductos virtuales de aficionados, uno encuentra interpretaciones que permiten a veces relecturas: “La Maga es la piedrita de la rayuela, el medio para llegar al Cielo”, “La Maga es el cielo, Oliveira la tierra“, consejos para leer, ejes de lectura, etc.
Repito, me encuentro con muchos, a quienes recomiendo el libro, que después me putean por haberlos hecho gastar dinero, muchos la primera vez chocan contra el arquetipo de literatura convencional que todo lector tiene en su etapa “pre-rayuela“, pero vencidos esos paradigmas, aceptado el papel de “lector activo, cómplice” el libro será, no una, muchísimas aventuras por un universo maravilloso, doloroso y revelador. Leer Rayuela es no terminar nunca, es un placer que cualquier amante de los libros debe regalarse cada cierto tiempo. No es “unantesyundespuésderayuela“, son muchos.